En el Antiguo Egipto se consideraba que el cordón umbilical y la placenta de un recién nacido eran mágicos al entenderse ambos como un doble de la criatura.

La placenta se arrojaba al Nilo o se enterraba en casa buscando con ello que el niño sobreviviera y el cordón se dejaba secar y acompañaba al niño durante toda su vida (a veces hasta se enterraban con él).