En la Antigua Roma el perfume era muy demandado. A los romanos les gustaba rodearse de fragancias agradables en todos los momentos de su vida cotidiana y en esto no había diferencias de clases. Estamos ante una auténtica democratización del olor.

El negocio del perfume movía a finales del siglo II cifras millonarias, sobre todo en concepto de importaciones, pero hay que señalar que había perfumes al alcance de todos los bolsillos. Los perfumes favoritos eran el crocimus realizado a base de azafrán, mirra, alheña, junco, láudano y estoraque y el rhodinium a base de rosas. No faltaban en los baños públicos donde ungüentos, esencias y aceites aromatizados eran parte básica de la higiene diaria.

Pero claro siempre había diferencias y mientras la plebe encontraba en los mercados griegos perfumes a bajo precio, los más adinerados se rodeaban de excentricidades. Así contaban con esclavos especializados en aplicarles estos perfumes mientras emperadores como Nerón tenían la costumbre de bañarse en vino con esencia de rosas o soltar palomas con las alas perfumadas en los banquetes.

Con esta demanda no es de extrañar que los artesanos que lo realizaran gozaran de una gran reputación transmitiéndose sus secretos de generación en generación.