La búsqueda de confidencialidad en las comunicaciones no es algo nuevo. Desde siempre se ha querido ocultar determinada información que no debía estar al alcance de todos. Para impedir que ciertos secretos oficiales llegasen a oidos indeseados los documentos se cifraban. Un buen ejemplo lo encontramos en la España de los Reyes Católicos.

La diplomacia era un arte en los Estados Modernos y el secretismo y seguridad de los despachos oficiales brillaba por su ausencia así que los hombres de la época buscaron sus estrategias. Utilizaron el cifrado como medio para evitar que cualquiera pudiese leer la correspondencia oficial.

Pero claro no se puede decir que estuviese muy adelantada esta ciencia a fines del XV, así que el sistema era bastante simple. Reemplazaban ciertas palabras con número romanos lo que supuso un enorme problema cuando al añadir palabras algunas se convertían en kilométricas e ininteligibles.

La palabra mar se escribía MCCCCLXXXVIII, el artículo el como DCCCXXXIX y la preposición en aparece como DCCCCLXVIIII.

No se puede decir que el sistema tuviera mucho éxito porque según parece al recibir los despechos nadie entendía ni una palabra y tenían que pedir que volviesen a enviar el documento.

Un ejemplo de estos despachos oficiales cifrados lo encontramos en los documentos llevados a Inglaterra por Rodrigo González de Puebla en 1495. Este personaje fue el encargado de negociar el matrimonio de Catalina de Aragón, hija de los RRCC, con Arturo, heredero del trono ingles, aunque su temprana muerte sería la causa de que la española se casase con el archiconocido Enrique VIII). Como sería el cifrado que, para que los Reyes Católicos pudiesen entender sus cartas, Rodrigo González de Puebla tuvo que incluirles el libro de claves. Eso es seguridad.

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Vía: Anecdotage.com