La ballesta fue una de las armas más utilizadas durante la Edad Media. Su difusión, a partir del siglo XI, comenzó en el Norte de Europa posiblemente favorecida por los normandos.

Se construyeron íntegramente de madera y cuerno hasta mediados del siglo XIV cuando comenzó a difundirse el modelo de metal. El uso masivo de la ballesta en la Europa medieval se explica porque resolvió una necesidad del momento. Había que lanzar proyectiles más lejos que consiguiesen perforar fácilmente las corazas de los soldados y además si estos proyectiles eran más baratos que los de otras armas pues mucho mejor. Todos estos requisitos eran cumplidos por la ballesta.

ballesta

En ciertos aspectos era parecida al arco, pero infinitamente más potente porque la cuerda que lanzaba el dardo podía alcanzar una tensión altísima. Además sus municiones podían tener diferentes tipos de puntas para diferentes fines, siendo la de forma plana la más adecuadas para traspasar las armaduras.

No todo eran ventajas, ya que cargarlas era toda una odisea. Se tensaban apoyándolas en el suelo mientras con las dos manos se tiraba de la cuerda hasta que se sujetaba en la muesca del disparador. Era una maniobra tan compleja que incluso hizo necesaria la figura de un escudero portador de un escudo cuya función era proteger al ballestero mientras éste cargaba su arma. A veces el escudo o pavés estaba provisto de unos pasadores que lo fijaban a un palo clavado previamente en el suelo, para evitar que tuviera que ser sujetado durante la batalla. En momentos posteriores se añadiría un estribo en la cabeza de la ballesta para facilitar su carga y más tarde se tensó con una manivela.

cargando una ballesta

Pero nunca llueve a gusto de todos y la nobleza y la iglesia lucharon para prohibir su uso. Los nobles la consideraban armamento de cobardes y no es de extrañar, cualquier plebeyo que utilizase bien una ballesta podía acabar con ellos en un momento pese a sus caras armaduras.

ballesteros

Pero sin lugar a dudas fue la Iglesia la que convirtió a la ballesta en su enemiga. La consideraba maldita y esto es fácil de ver en la iconografía, donde era común verla en manos de un demonio.

Tan en serio se tomó su lucha que en el Segundo Concilio de Letrán de 1139, el Papa Inocencio II prohibió el uso de la ballesta entre los soldados cristianos al considerarla odiada por Dios. Si alguien incumplía este precepto sería excolmulgado.

Pero claro los acontecimientos mandan, no era una época como para dejar pasar un arma tan efectiva. Ante la realidad de tener que excomulgar a media cristiandad no tuvieron más remedio que revocar la prohición.