Hoy cuando posamos todos intentamos mostrar la mejor de nuestras sonrisas pero esto no ha ocurrido siempre. De hecho la representación de la risa no se generalizó hasta el siglo XVIII.

En las artes plásticas, hasta ese momento se defendía la idea de que la mejor forma de mostrar la personalidad de alguien era representarlo en equilibrio. No gustaba representar muestras de alegría, enfado o resignación ya que con ello el artista representaba el gesto y la emoción pasajera pero no a la verdadera persona.

La cosa iba mucho más lejos. Si alguien reía implicaba que abría la boca mostrando sus dientes lo que tenía todo tipo de connotaciones negativas. Eso implicaba que la persona representada era plebeya y además que no tenía el uso de la razón.

De hecho desde la antigüedad, los únicos que aparecían en las artes plásticas con los labios separados eran los locos, aquellos consumidos por la pasión, los niños (que aún no han adquirido el uso de la razón), los actores representando un papel y las prostitutas.

 

Chico riendo de Frans Hals

Pero en 1787 la pintora Louise Élisabeth Vigée LeBrun decidió acabar con este tabú y se autorretrató abrazando a su hija y sonriendo. El cuadro se expuso en el Salón de París y las reacciones no tardaron en llegar. Mémoires secrets, una crónica del acontecer de la época recogía

Fue una extravagancia, que los artistas, amantes del arte y de las personas de buen gusto se han unido condenar y que no encuentra precedentes entre los antiguos.

A partir de este retrato tímidamente fueron otros los que rompieron la norma hasta que la propia reina Victoria le pidió una pintura a Franz Xaver Winterhalter en la que ella aparece sonriendo. Era un regalo para el 24 cumpleaños de Alberto y es conocido como el «retrato secreto». No era un retrato de exposición pública sino para Alberto pudiera disfrutar de los dientes de su amada.

 

Vía: BBC