La fiebre por el Antiguo Egipto ha existido siempre. Su exotismo, la atracción por las pirámides, figuras relevantes como Tutankhamon o el Nilo han estado siempre presentes, pero lo que no es tan conocido es el verdedero boom que despertó en Occidente el polvo de momia.

Si habéis oido bien el polvo de momia conocido como “mummia”. Los alquimistas le atribuían todo tipo de virtudes: curativas para el asma, la tuberculosis o diversos dolores, también era un producto cosmético que rejuvenecía y embellecía y además era considerado un poderoso afrodisiaco.

El origen de esta creencia viene de un error. Mummia es una palabra persa que significa betún, producto mineral derivado del alquitrán natural. A partir del siglo XII muchos viajeros que venían de Persia contaban historias sobre los poderes curativos de la mummia y el término más el aspecto de algunas momias egipcias que estaban cubiertas por una sustancia negra llevó a muchos a confundir ambos aspectos. Para colmo no sólo se identificó la Mummia con el revestimiento del cadáver, sino con todo el conjunto, así que el “polvo de mummia” pasó a convertirse en “polvo de momia”.

Vendiendo momias

 

 

La demanda fue enorme en las boticas donde a veces se diluía el polvo en agua, vino o miel, mezcla que recibía alabanzas como la del famoso alquimista y médico suizo Paracelso:

No hay mejor remedio para el cuerpo humano que el propio cuerpo humano reducido a medicamento.

Las consecuencias de este error os la podéis imaginar, fue un verdadero tráfico de momias egipcias que se molían hasta convertirlas en polvo y se llevaban por toda Europa. Era tal la demanda que la oferta no podía cubrirla por lo que algunos alquimistas buscaron una solución alternativa: Robar un cadáver, secarlo al sol, salarlo, perfumarlo y te podías crear tu propio “polvo de momia”.