Luis XIV fue un monarca francés del siglo XVII muy conocido por ser el ejemplo más claro del Absolutismo monárquico. Su corte situada en Versalles era un ejemplo de fastuosidad y “bon goût”, aunque esto no se aplicaba estrictamente a los partos reales.

Las reinas parían en una cama especial, el “lit de travail”, que se cubría con una funda para protegerlo del polvo, un gesto hacia la higiene que resulta extraño teniendo en cuenta las preferencias de Luis XIV.

Por lo que respecta a la madre, al igual que pasaba con otras reinas del momento, no gozaba de mucha intimidad en el momento del parto. La familia real, los altos dignatarios y cualquier persona relevante en la corte estaba presente en el acto para evitar de ese modo que se produjera una suplantación del niño.

Nada más nacer, el bebé se llevaba a una habitación cercana y era lavado con una esponja empapada de vino o esencia de rosas delante de la chimenea (que estaba encendida durante todo el año).

A la madre le quedaba por delante un complejo ritual. En primer lugar no se le permitía dormirse después del parto y después tenía que permanecer en la habitación cerrada durante nueve días. Nadie podía abrir las ventanas y nadie que llevara perfume podía entrar a verla, ya que esto se entendía perjudicaba a madre y bebé.

Vamos que cuando salieran de la habitación allí habría de todo menos glamour.