El Antiguo Egipto no deja de sorprendernos. Si ya os comentamos cómo eran las pruebas de embarazo, hoy nos detenemos en cómo se desarrollaban los partos.

La forma de dar a luz era agachada apoyada en cuatro ladrillos rituales que representaban a Mesjenet o sentadas en un “taburete de nacimiento” siendo asistidas por comadronas que recogían al bebé. Es curioso que esta especie de taburete tenía varios usos, ya que también podía ser utilizado como retrete.

Los dolores de la madre se paliaban con cerveza o bien con masajes de azafrán o vinagre además de con ritos dedicados fundamentalmente a Min, dios de la fecundidad, Tueris, quien protege la madre y al niño en el momento del parto y Hathor, diosa de la maternidad y la fecundidad.

A pesar de todo la mortalidad en el parto era muy alta lo que se entiende por la costumbre de casar a niñas (lo más normal era que la novia tuviera unos 14 años, pero no eran extrañas las uniones con niñas de 10 o 12). El matrimonio estaba unido a la primera menstruación y lo normal era que fuese con familiares (tíos viudos, primos,…) para evitar la dispersión del patrimonio. Al no estar todavía desarrollada del todo era común que el tamaño de la cabeza del feto fuera superior al canal del parto lo que acababa con la muerte de la madre.

Las egipcias no daban a luz en sus habitaciones, sino en una especie de cobertizos que se colocaban en el exterior de las casas. Resulta llamativo  que no pudieran volver al interior de su hogar hasta pasados 15 días del parto, período en el que supuestamente se purificaban.