Nos puede parecer que el culto al cuerpo es una preocupación moderna y que nuestros antepasados no estaban tan condicionados como nosotros por las modas y la apariencia externa, pero nada más lejos de la realidad. La preocupación por el físico es atemporal.

Si ya os hablé de la cosmética en el Antiguo Egipto y en Grecia, en la Antigua Roma no se quedaban atrás, vamos que no eras nadie si tu corte de pelo no te acompañaba. Si hoy tenemos peluquerías fashion en la que cambiar nuestra imagen en Roma tenían al Tonsor y a la Ornatrix.

La Ornatrix era una mezcla de peluquera, esteticien y asesora de imagen cuya finalidad fundamental era embellecer a las matronas romanas. En lo que respecta a las funciones de peluquería lavaban el pelo a las clientas, hacían eliminar las canas más visibles arrancándolas con pinzas y eran expertas en la confección de recogidos, elemento fundamental para diferenciar a simple vista a una dama y a una prostituta.

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Además confeccionaban pelucas con cabello natural cortado a las esclavas o importado desde lugares lejanos. El color rubio causaba sensación entre ambos sexos y para conseguirlo se echaban polvo de oro sobre los cabellos o de colocaban pelucas traidas desde Germania.

En las labores de esteticien lo más llamativo eran los brebajes y materiales que utilizaban en los tratamientos de estética. Que había que blanquear la cara ¿qué mejor que utilizar tiza? y que mejor que hacer gárgaras con vinagre para mantener unos dientes blancos. Que lo tuyo era sombrearte los ojos pues la ceniza no podía faltar en tu neceser básico. Junto a todas estas funciones, la Ornatrix asesoraba a sus clientas en temas de vestimenta y combinación de prendas.

El Tonsor no daba tanto juego, parece que los romanos no habían llegado al status de metrosexual tan generalizado en nuestros días y exigían a su estilista acciones más básicas. Hasta el siglo II el peinado más extendido era raparse y echar el pelo hacia delante, además de rasurarse muy bien la barba.

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Pero la moda cambió por un problema dermatológico del emperador Adriano, hay quien dice que una enfermedad le afectó a la piel de la cara y otros señalan que tenía una fea cicatriz en el rostro. En resumen su coquetería le llevó a dejarse barba y claro eso de ser emperador marca tendencias. Desde este momento la barba se generaliza entre el pueblo romano.

Busto de Adriano

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