El origen de los cohetes lo encontramos en la China del año 1000 donde se rellenaban tallos de bambú con pólvera para ser utilizados en ceremonias religiosas.

Más tarde los cohetes fueron utilizados como armas concretamente en la batalla de Kai-Keng en el año 1232 en la que se enfrentaron chinos y mongoles. Los cohetes habían evolucionado y consistían en un tubo lleno de pólvora, abierto por un lado y fijado sobre una flecha. Al encenderse producían llamas y humo que al escapar por la parte abierta impulsaban la flecha. Estas “flechas de fuego” no sabemos qué daño causarían al enemigo, pero seguro que los asustaron tanto como para hacerlos huir.

Después de la batalla de Kai-Keng, los mongoles comenzaron a producir sus propios cohetes que emplearon en sus ataques a Japón y Bagdad. Poco después llegarán a Europa.

En el siglo XIII Roger Bacon mejorará la calidad de la pólvora aumentando así el alcance de los cohetes. En Francia Jean Froissart creó el precursor de los bazooka al  conseguir lanzar cohetes a través de tubos.

En el siglo XVI el uso de cohetes como armas de guerra cayó en desuso, pero en cambio aumentó su uso como fuegos artificiales. Aquí destaca la figura de Johann Schmidlap que inventó un sistema conocido como cohete de cuerpos para enviar los fuegos artificales más lejos. Así el cohete se iba quemando por etapas, idea en que se empleará posteriormente para lanzar los cohetes al espacio.

Alemanes y rusos lo irían mejorando hasta que en 1804 la artellería de Napoléon emplea cohetes de alcance superior a 2500 metros. Uno de sus principales problemas, la falta de precisión, se iría corrigiendo años más tarde. Con esto llegaríamos al siglo XX donde, gracias al uso de cohetes, el hombre conseguirá dar el salto al espacio.