El juego del ajedrez tan extendido en nuestros días tiene un origen un poco oscuro. Realmente no se tiene claro de dónde viene este conocido juego.

Para algunos es una evolución de un juego de mesa de la India llamado Shatranj que provenía a su vez del Chaturanga del siglo VI. Pero no es una opinión unánime, ya que también se fija su origen en China concretamente en el Juego  de los Elefantes (Xiang Qi) y además los chinos defienden que las reglas modernas del ajedrez chino fueron formuladas durante la dinastía Song, hacia el año 1000. También se encuentran juegos similares en Egipto, Grecia o Persia.

Los musulmanes lo introdujeron en la Península Ibérica con la invasión del 711 y a partir del 900 ya se encuentra extendido por Europa. A lo largo de los siglos XV y XVI irán apareciendo los movimientos y las reglas actuales.

Todas las grandes civilizaciones conocieron juegos de mesa que muchos tienden a identificar con el ajedrez, pero el verdadero origen está rodeado de leyendas. Una de las más aceptadas es la que defiende que fue inventado en la India por Sissa, hijo de Dahir. Era el preceptor de un príncipe y concibió este juego para hacer comprender a su alumno que un rey no es nada sin sus súbditos.

El juego agradó tanto al monarca que ofreció a Sissa concederle cualquier petición que le hiciera. El maestro aprovechó la ocasión para dar una nueva lección a su noble discípulo. Le dijo que sólo deseaba un simple grano de trigo por la primera de las 64 casillas del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta y así sucesivamente.

El príncipe extrañado por una petición tan modesta accedió a ella de inmediato. Llamó a su intendente y le ordenó que cumpliera los deseos de su ingenioso preceptor, pero éste rogó al monarca que antes hiciera un cálculo de los granos que había acordado regalarle.

El resultado era 18.446.744.073.709.551.615 granos (que representarían la producción mundial durante unos siete mil años). El rey soltó una carcajada al conocer los resultados y prometió a su maestro que nunca más haría un ofrecimiento de manera tan ligera.