En la antigua Roma, la del esplendor cultural, la del derecho y el latin, la de los deslumbrantes foros y magníficas obras de arte era común una costumbre bastante poco civilizada en relación con los bebés.

Cuando un bebé venía al mundo su suerte dependía fundamentalmente de la decisión del jefe de familia. Al nacer la comadrona lo colocaba en el suelo y si su padre lo levantaba y lo cogía en sus brazos significaba que lo aceptaba como hijo.

La parte peor la sufrían los que no eran aceptados por diferentes motivos como ser hijos de esclavas, fruto de adulterio o causa de posibles problemas testamentarios en caso de los ricos, o  bien en el caso de los pobres si sus padres no podían mantenerlos. Estos niños no aceptados eran depositados en las puertas de las casas, basureros públicos o templos para que los recogiese quien quisiera. Y ya nos podemos imaginar la suerte que corrían la mayoría de ellos.

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