Que el aceite de oliva español es un manjar todos lo sabemos, pero su demanda no es algo actual ya los antiguos romanos descubrieron su calidad y lo convirtieron en un producto esencial en su mesa.

Aceite

Tanto en los dos últimos siglos de la República como, sobre todo, en el Imperio (con Augusto comenzó su exportación a gran escala) el aceite de oliva de Hispania destacó sobre el producido en otras zonas e incluso en la misma Italia. La Bética producía un aceite excelente debido las condiciones del territorio (tierras fértiles regadas por el Guadalquivir) y también a la paz existente en esta romanizada zona. Se utilizaba sobre todo para la alimentación frente al italiano que se dirigía a la fabricación de perfumes o el africano que se utilizaba fundamentalmente para la iluminación.

El aceite no podemos entenderlo sin las ánforas utilizadas para su transporte que no cambiaron hasta el siglo III. Su forma era globular con su diámetro era cercano a los 60 centímetros y una altura que oscilaba entre los 70 y 80 centímetros. Su peso estaba en torno a unos 30 kilos y tenía capacidad para unos 70 litros. Su fabricación era barata lo que hacía que fuesen no retornables, es decir, que una vez llegadas a su destino se convertían en desechos.

anfora aceite betica

Así estas ánforas se fueron acumulando tras su llegada a Roma, en el Testaccio de manera ordenada y sistemática hasta levantar una colina.

Anforas del Monte Testaccio

El Monte Testaccio presenta una forma triangular de unos 50 metros de altura y un perímetro que abarca en torno al kilómetro y medio. En él se pueden encontrar 24.750.000 ánforas que trajeron a Roma un mínimo de 1.732.500.000 kilogramos de aceite y de ellas un 80% proceden de la Bética.

Grabado Monte Testaccio

Monte Testaccio hacia 1800

Fuente: Estudios sobre el Monte Testaccio de Blázquez y Remesal