Podemos pensar que todas las horas tienen 60 minutos, pero no siempre ha sido así y un ejemplo claro es la Antigua Roma. ¿Sabíais que las horas romanas no eran todas iguales?

La explicación es que los romanos no dividían el día en 24 horas iguales a lo largo de año como nosotros, sino que cambiaban de duración según el período en el que nos encontráramos. En la Antigua Roma, los días siempre tenían 12 horas, pero era la luz la que determinaba su duración. Así en verano las horas del día eran más largas que en invierno cuando sucedía lo contrario con noches de más duración.

Las horas se nombraban con números ordinales siendo la primera la hora prima (primera hora del día) y la duodécima la hora de la puesta del sol (última del día). La hora central es la hora sexta, nuestro mediodía, y también el origen de nuestra siesta al ser el momento en que se tomaban un descanso en sus quehaceres diarios.

La noche se dividía en cuatro partes llamadas vigilia (prima, seconda,…) y también iba variando su duración según la época del año en la que se encontrasen. No vayamos a creer que esta curiosa manera de distribuir el tiempo es caprichosa, está inspirada en los turnos de vigilancia de los campamentos militares.