La costumbre de afeitarse no es nada nueva, de hecho ha acompañado a la humanidad desde su inicio.

Ya hace unos 2,5 millones de años en la Prehistoria, el hombre utilizaba piedras de obsidiana tallada para rasurarse que en la Edad de los Metales fue sustituida por el cobre. En el Antiguo Egipto el material de las hojas utilizadas por los hombres para afeitarse era de bronce y esta costumbre se extendió en Grecia y Roma donde surgió la figura del tonsor, precedente de los actuales barberos.

Las navajas de hierro se utilizaron durante la Edad Media y Moderna hasta que en el siglo XVIII la navaja de acero se consolidó como instrumento más utilizado en las labores de afeitado.

Pero la gran revolución en este campo sería la invención de la máquina de afeitar desechable. Fue King Camp Gillette quien en 1895 desarrolla una maquinilla de afeitar desechable que protege la hoja con dos piezas metálicas que impiden que ésta se desplace hacia los lados y pueda cortar la cara.

La fabricación masiva del invento se inició en 1903 en su empresa, la Gillette Safety Razor. Al principio las cosas no fueron del todo bien, vendiendo el primer año 51 maquinillas de afeitar y 168 cuchillas.

Pero, lo mismo que ocurrió con los relojes de pulsera la 1ª Guerra Mundial cambió por completo el escenario. La barba impedía el uso adecuado de las máscaras anti-gas por lo que, unido a su mayor seguridad, hizo que los EEUU decidieran sustituir las navajas por maquinillas en el aseo personal de sus soldados. Suministraron 4 millones de maquinillas.

Será pues con el ejército americano durante la 1ª Guerra Mundial cuando las primeras maquinillas de afeitar llegaron a Europa iniciándose así la “revolución del afeitado”.