No es la primera vez que escuchamos la expresión “la soledad del poder” para explicar la situación en la que se encuentran los dignatarios, pero en el caso de Isabel la Católica nada queda más lejos de la realidad.

La reina española gozó de poca soledad en momentos en los que sin lugar a dudas le hubiera gustado tenerla. A la hora de consumar su matrimonio con Fernando de Aragón tuvo que soportar una serie de testigos que esperaban en su puerta a que se les mostrase la sábana ensangrentada que demostrase la virginidad real.

Pero ni mucho menos fue la única vez que la reina gozó de una evidente falta de intimidad. En cada uno de sus partos también estuvieron presentes un grupo de testigos que tenían que certificar que los nacidos eran verdaderos descendientes de la casa real.

Desventajas de ser reina.