Ya os hemos comentado en QuHist la importancia que el factor bélico tenía en el Imperio Azteca. Pero junto al peso de las guerras y el militarismo otro de sus elementos característicos fueron los sacrificios humanos.

Además de conquistar territorios, las guerras tenían la finalidad de conseguir cautivos destinados a ser sacrificados. La forma más usual era colocarles sobre el altar en el templo donde cuatro sacerdotes le sujetaban por las extremidades mientras un quinto le extraía el corazón todavía palpitante con un cuchillo de obsidiana. Tras ser arrancado, el corazón era ofrecido a los dioses mientras el cuerpo se arrojaba por las escalinatas del templo. A veces el cuerpo se desmembraba y se comía en un claro ejemplo de canibalismo ritual. El dios al que más hombres se sacrificaron fue Huitzilipochtli de Tenochtitlán, dios solar y guerrero.

También existieron otras formas de sacrificios como arrojar a la víctima a las brasas, lanzarle flechas para que regase la tierra con su sangre, desollarlo o simular un combate con varios guerreros aztecas mejor armados.

 

Era tal la necesidad de hombres para ser sacrificados que incluso existía un tipo de guerra destinada a este fin, las “Guerras Floridas” establecidas entre Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan por un lado, y los Estados rivales de Tlaxcala y Huexotzinco, del otro. El objetivo de estos enfrentamientos era proporcionar una cantidad enorme de guerreros para ser sacrificados ritualmente. Cuando un guerrero era apresado se entendía que era el dios mismo el que lo capturaba y la muerte en la piedra del sacrificio eran un gran honor para el sacrificado y su familia.

El número de sacrificados tuvo que ser inmenso como demuestran las miles y miles de calaveras encontradas por los españoles tras la conquista cerca de la gran pirámide.