¿Os imagináis lo que sería de nuestra vida sin poder darnos una buena ducha? Pues no siempre ha sido así.

La patente de la ducha se la debemos a William Feetham en 1767, aunque no gozaron de aceptación de forma inmediata. Eran vistas como algo “frívolo” y desde luego nada necesarias. La extensión de la ducha se la debemos a los médicos.

A partir del siglo XVIII los médicos empezaron a recetar duchas como cura a las más diversas enfermedades. Ésta se administraba en el propio consultorio donde el paciente asaban a la sala de baño. El doctor era el encargado de tirar de la cadena que permitía que el agua fría cayera sobre el enfermo que lo esperaba totalmente aterrado.

Según muestra una descripción de la época

No es raro ver a un sujeto que, teniendo que enfrentar la experiencia del primer baño, muestre verdadero terror, grite, forcejee y trate de escapar; se sofoque y sufra palpitaciones.

Ducha