Que en la Antigua Roma eran muy presumidos no es nada nuevo. La preocupación por las arrugas o el cuidado del pelo eran una constante, aunque hay algunos casos especialmente destacados. Ya os hablamos de la obsesión de Popea, la esposa de Nerón, y hoy nos detenemos en la figura de Heliogábalo.

Heliogábalo, emperador romano que gobernó del 218 al 222, era un personaje de lo más llamativo. Tras subir el trono, con sólo 15 años, decidió ignorar las tradiciones religiosas y reemplazar a Júpiter por una nueva deidad, Deus Sol Invictus, cuyos ritos dirigía personalmente y donde se decía realizaba sacrificios humanos.

Pero esto fue sólo un pequeño detalle ya que convirtió su reinado en una búsqueda de placeres al menos “llamativos”.

Así lo podemos considerar todo un “metrosexual” por el cuidado de su aspecto. Se pintaba los ojos, se depilaba y lucía pelucas, lo que no era algo especial pero si la forma exagerada y femenina en la que él lo realizaba. Muchos lo señalan como transexual por su gusto en travestirse en las reuniones del Senado o su deseo de cambiar de sexo. Cuentan que llegó a pedir a sus médicos que le introdujeran en su cuerpo una vagina por medio de una incisión prometiéndoles una gran recompensa si lo lograban.

Se casó cinco veces, una de ellas con una virgen vestal y, al parecer, dos de ellas con hombres aunque su relación más duradera fue con un esclavo llamado Hierocles. Entre sus aficiones estaba el prostituirse, intentar castrarse, reclutar un ejército de prostitutas y sobre todo su gusto por las orgías. En ellas sus invitados eran agasajados con increíbles delicatessen culinarias como lenguas de flamenco rosa y con interminables lluvias de rosas en la que eran literalmente sepultados.

Rosas de Heliogabalo

Cuando tenía 18 años su familia impulsó a la guardia a que lo asesinara junto a su madre y su marido. Su cadáver fue arrojado al Tíber, siendo condenado a la Damnatio Memoriae.

Fuente: Historia de Roma de Francisco Bertolini/ Heliogábalo o el anarquista coronado de Antonin Artaud