Hablar de harenes siempre nos trae a la mente la idea de un grupo de mujeres confinadas que eran las concubinas de un señor poderoso normalmente dentro del mundo árabe, pero no es exactamente así.

En primer lugar el término no tiene el sentido de encerrar sino de estar «prohibido a los hombres» y, en segundo lugar, no son algo exclusivo de los musulmanes En Egipto tenemos la Casa Jeneret, en la Grecia clásica los gineceos, aunque sin duda los más destacados fueron los del Imperio Otomano.

Eran variados y muchos de ellos tan grandes que fue necesario construir verdaderas ciudades amuralladas para protegerlos.  Pero hay uno que destaca por ser el mayor de todos, el harén del rey Tamba de Benarés, que en el siglo VI aC llegó a tener nada menos que 16.000 mujeres. No creáis que es cosa de uno, el sultán Ghiyas-al-Din Khilji en la India del siglo XV coleccionó 15.000 mujeres en su harén y Mongkut o Rama IV, rey de Siam en el siglo XIX, nada menos que 9000.

No sólo se trataba de la cantidad sino también de la variedad y ahí destacaba el mongol Kublai Khan, un nieto de Gengis Khan que en el siglo XIII era dueño de un harén de 7000 mujeres y cada dos años las iba renovando de 500 en 500.