Las guerrillas fueron un elemento clave de la Guerra de la Independencia española contra Napoleón.

 

Esta táctica consiguió desgastar al ejército más poderoso del mundo en ese momento de manera que sólo conseguía ser dueño del terreno que pisaba. Una de las claves de su éxito fueron los cortaorejas.

Los guerrilleros, basándose en su conocimiento del terreno y en los fuertes lazos de familiaridad entre sus componentes, hostigaban al enemigo por sorpresa sometiéndoles a una presión y desgaste permanentes. Vestían ropa civil, calzaban alpargatas y se armaban con toda clase de armas blancas, escopetas, trabucos y armas de fuego capturadas al enemigo.

Se organizaban en pequeños grupos de unos 30 o 50 miembros llamados partidas y sus miembros eran mayoritariamente gente humilde aunque también abundaban los clérigos. Eran entidadas jerarquizadas en torno a un líder siempre carismático como el cura Merino o el Empecinado.

Uno de los éxitos de este sistema de lucha era la disciplina que imperaba dentro de las partidas. La traición se castigaba duramente con fusilamientos o ahorcamientos sumarísimos, pero sobre todo con una práctica que contaba con grandes dosis de persuasión: los cortaorejas.