Esa idea de los jóvenes viajando por Europa que hoy nos parece tan común por ejemplo con el famoso Interrail, no es algo nuevo. Entre los siglos XVI y XVIII, aunque será en este último siglo cuando alcance más relevancia, se dio un fenómeno que podíamos considerar, salvando las diferencias, un precursor del turismo moderno: el Grand Tour.

Los chicos ingleses de clase alta tenían la costumbre de viajar por Europa para completar así su formación. Ya no se trataba de leer los logros conseguidos en épocas pasadas por otros pueblos, sino de verlos in situ. Constituían un verdadero símbolo de riqueza y libertad.

El itinerario más común era el siguiente: Se partía de Dover en Inglaterra y se llegaba a Calais en Francia desde donde se pasaba a París o bien a Ostende en los Países Bajos desde los que se pasaba, tras visitarlos, a París o a los territorios alemanes (Viena, Berlín o Múnich eran las localizaciones preferidas). Otras zonas a visitar eran Suiza y, a veces, España, aunque normalmente se quedaban en Barcelona siendo extraño que se incluyera Madrid o Sevilla. Desde allí el viajero llegaba a Italia donde se centraba en visitar sus principales emplazamientos. Turín, Florencia, Padua, Bolonia, Venecia, Nápoles y por supuesto Roma, eran paradas imprescindibles.

Estos viajes eran muy productivos para estos jóvenes que aprendían costumbres y otras lenguas además de regresar a su país con  arte, libros y otra serie de elementos que mostraban en sus bibliotecas, jardenas o en los famosos Cuartos de Maravillas. Evidentemente todo esto contribuía a preparar al joven para desempeñar una posición de liderazgo a menudo en la diplomacia.

Esta práctica se extendió a otros países, así jóvenes alemanes, franceses, españoles o rusos empezaron a realizar el Grand Tour al igual que sus vecinos ingleses, aunque con ciertos cambios en el itinerario.

Era común que no viajaran solos sino acompañados de alguien de confianza para la familia que solía ser un clérigo encargado de contralar su formación y sobre todo de frenar los excesos que el joven pudiera cometer. Este férreo control tenía una excepción, cuando el viaje terminaba su acompañante se despedía de él dejándolo sólo un breve tiempo en una gran ciudad, solía ser París o Nápoles.

Sin nuestras actuales cámaras de vídeo o fotográficas todos estas aventuras se recogían en los Diarios de Viajes.