Hoy identificamos a los gatos negros con la mala suerte, pero ni mucho menos ha sido así siempre. Fue en la Edad Media cuando su identificación con la brujería hizo que fueran rechazados, perseguidos y a veces hasta quemados en la hoguera. Pero a lo largo de la historia su papel ha sido muy diferente.

Siempre ha estado rodeado de un aura mágica. En el Antiguo Egipto se les identificaba con la diosa Bastet y atacarlos era considerado delito. Tal era la consideración que se les tenía que al morir se les momificaba, es común ver sus momias en algunos importantes museos como el British londinense.

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En Inglaterra no lo asocian con el mal fario sino más bien todo lo contrario. En la época victoriana si un gato negro se cruzaba con una pareja de novios se veía como un símbolo de felicidad para el matrimonio. También era agradecida su presencia en el mundo del mar, así los marineros lo llevaban a bordo como talismán de buena suerte y las esposas de los pescadores lo tenían en casa como garantía de la vuelta de sus esposos.

Esta buena imagen se tiene también en Escocia donde son símbolo de properidad y en otros muchos países europeos, con la excepción de Italia, España, Serbia y Montenegro, donde el hecho de que se cruce un gato en tu camino se entiende como buena suerte.

Esto es un ejemplo más de como la cultura afecta a nuestra visión de las cosas. Yo no sé si los gatos negros traen buena o mala suerte, pero de lo que si estoy segura es que tienen mucha. El ejemplo es Oskar, un gato negro que tiene el honor de ser uno de los  escasos supervivientes del Acorazado alemán Bismarck en la 2ª Guerra Mundial. Si conseguir salvarte del hundimiento de un barco donde perdieron la vida casi 2000 personas no es una prueba de buena suerte, ya me diréis.