El gato es un animal muy importante en el Antiguo Egipto. Se identificaba con una diosa, Bastet, deidad protectora del hogar, diosa de la armonía y felicidad que simboliza la alegría de vivir y su culto se remonta al 3000 aC.

Fue hacia esas fechas cuando los gatos fueron domesticados debido a la abundancia de ratones en los silos y de serpientes en las casas. En una civilización agrícola como la egipcia pronto comenzaron a considerar como benefactor a este felino que llegó a ocupar un puesto importante en sus vidas. Fueron llamados Miw.

El gato era un miembro más de la familia, así cuando enfermaba recibía cuidados y si moría, los habitantes de la casa, se rasuraban las cejas y guardaban luto hasta que éstas volvían a crecer. El cuerpo del felino se momificaba y se enterraba en un sarcófago tras ser acompañado a su última morada. En Bubastis se han encontrado las momias de más de 300.000 gatos.

Pero la cosa no quedaba ahí. Era tal el aura de animal “mágico” que rodeaba a los gatos que muchas casas colocaban estatuas de felinos para que los espíritus malignos no entrasen en su hogar. También eran utilizados en las cacerías en lugar de perros. En pinturas murales de las tumbas han aparecido recogiendo las piezas abatidas y depositándolas en la barca y si una persona mataba un gato, intencionalmente o por accidente, era sentenciado a muerte.

Después de todo esto no es de extrañar el relato de Herodoto sobre la Batalla de Pelusium en el 525 aC entre los egipcios y los persas. La victoria persa no fue por su superioridad militar o la debilidad egipcia sino sobre todo por su arma secreta: los gatos.

Los persas atacaron con escudos que tenían grabada la imagen de Bastet y además rodeados de gatos por lo que los egipcios estuvieron más pendientes de no dañarlos que del enemigo. Tras retirarse y refugiarse en la ciudad, los persas lanzaron gatos con catapultas al interior lo que provocó que los egipcios se rindieran para que los felinos no murieran.

Eso para los que los identifican con la mala suerte.