Los gladiadores son uno de los elementos más conocidos de la Antigua Roma, pero sufrieron una evolución a lo largo de su historia.

Como ya os hemos contado su origen estuvo vinculado al ritual funerario, aunque el aumento de su popularidad, sobre todo por su violencia, despertó el interés de los políticos durante los años finales de la República. En estos años los combates de gladiadores eran de iniciativa privada y cualquier aspirante a una magistratura sabía que utilizándolo su popularidad subiría como la espuma.

Era tal el número de combates que desde el 105 aC el Estado los incluyó dentro de los espectáculos públicos, aunque esto no impidió que continuasen los combates por iniciativa privada para honrar a los muertos.

Pero será Augusto el que decidió regular las luchas de manera que su atracción para las masas fuese uno de los grandes pilares propagandísticos de su régimen. Desde este momento los pretores y cuestores estaban obligados a organizar combates de gladiadores dos veces al año, además de ocasiones extraordinarias, con lo que estas luchas se convirtieron en un monopolio de la familia imperial. Todos los combates de gladiadores serían ofrecidos desde este momento al pueblo por el emperador.

El objetivo clave, además de la propaganda, fue el de controlar al pueblo. En el momento de esplendor del Imperio el pueblo de Roma contaba con grandes beneficios lo que lo convirtió en una masa ociosa. Esto era un riesgo para el Estado que, si quería evitar revueltas y problemas, tenía que alimentarla y entretenerla. Esto lo expresó claramente Juvenal con su famosa frase

Panem et circenses

Por ello los emperadores multiplicaron las celebraciones como medio de control y manipulación de la plebe. Acercaban el pueblo y el poder que disfrutaba, gracias a ello, de una gran ola de popularidad. Por ello los espectáculos, destacando los combates de gladiadores en el Coliseo y las carreras de carros en el Circo Máximo, se convirtieron en uno de los más firmes pilares del Imperio.