No es la primera vez que nos detenemos en las costumbres del Imperio Inca. Os hemos contado que eran grandes ingenieros o sus avances en comunicación con las postas o el quipu, pero hoy nos detenemos en un ritual bastante más sangriento: la Capacocha.

Tradicionalmente relacionamos los sacrificios humanos con los Aztecas, pero no era una costumbre sólo de este pueblo. Mayas e Incas también lo practicaron, a pesar de las dudas que hubo durante un tiempo sobre éste último pueblo precolombino.

Los Incas practicaron la capacocha, una inmolación ritual de niños que puede traducirse como “Obligación real”.

De todo el Imperio se elegían niños, entre 6 y 15 años, de una gran belleza y, en general, hijos de caciques que eran enviados al Cuzco. Allí participaban en unas celebraciones en las que se realizaban sacrificios animales y se oficiaban matrimonios simbólicos para afianzar los lazos entre las distintas poblaciones.

Una vez terminada la celebración todos regresaban a sus lugares de origen donde eran aclamados antes de partir a su destino definitivo. Los niños eran conducidos a una montaña sagrada elegida previamente donde debían cumplir con la última ofrenda. Este destino se les imponía desde el nacimiento y era aceptado por ellos como un deber.

Estos niños, considerados los más puros de los seres, eran considerados enviados para contactar con los dioses llevando con ellos un mensaje de su pueblo. Para este viaje se preparaban meses antes con una dieta consistente en maíz y proteínas animales y en el momento de dirigirse a su último destino se vestían con ropas finas y ricas joyas.

Era un viaje largo y complicado por lo que los niños, sobre todo los más pequeños, debían consumir hojas de coca para ayudarse a respirar en la dura subida.  Una vez arriba los niños eran embriagados y después asesinados por estrangulación o sobre todo por un golpe en la cabeza. Después lo acomodaban en un pozo bajo tierra acompañados por un rico ajuar consistente en adornos personales, tejidos, alimentos y una serie de utensilios de uso cotidiano.

Según sus creencias los niños no morían sino que se reunían con sus antepasados. Gracias a este sacrificio se estrechaban los lazos el Cuzco y los lugares más alejados del Imperio y entre dioses y hombres y sobre todo se traía salud y prosperidad a todo el territorio.

El hallazgo de momias infantiles en las cimas de algunas montañas sagradas demuestran estas inmolaciones. En 1995 apareció la célebre Juanita en el Monte Ampato y un poco más tarde cerca de ello un niño y una niña.

En 1999 en la cumbre del volcán Llullaillaco se encontraron tres cuerpos más momificados: una niña de 15 años apodada “La doncella” junto a un niño de siete años y una niña de seis.

Estos sacrificios sólo fueron llevados a cabo en ocasiones especiales como por ejemplo después de una gran catástrofe.