Atila, rey de los hunos, ha pasado a la historia como un bárbaro gobernante sin escrúpulos, capaz de suscitar el terror por donde quiera que pasara. No es de extrañar su sobrenombre, “Azote de Dios” que te atemoriza sólo de oirlo, pero no todos los historiadores están de acuerdo en esto.

Sus amplias posesiones, desde Europa Central al Mar Negro y desde el Danubio al Mar Báltico, o las múltiples leyendas que le rodeaban como la que contaba que por donde pasaba su caballo no volvía a crecer la hierba, ayudaban a mantener esa imagen de cruel y sanguinario. Pero Prisco, un historiador que viajó con Maximino en una embajada de Teodosio II en el 448 nos lo describe de otra forma. Habla de él como de una persona humilde y sencilla, poliglota (hablaba y escribía latín y griego), conocía el sistema y la administración romana y era un apasionado de la poesía.

Sea como fuere seguro que a Atila le interesaba más que sus enemigos siguieran considerándolo el “Azote de Dios”. En su mundo y circunstancias mucho mejor ser temido que admirado.