Los judíos han sido perseguidos en multitud de ocasiones a lo largo de su historia, siendo la Edad Media uno de los momentos negros en el antisemitismo.

El siglo XIV estuvo marcado por la crisis, la peste asolaba Europa y esto, unido al gran odio que generaban los judíos por su riqueza, derivó en que fueran acusados de propagar la enfermedad. La convivencia estaba muy deteriorada y esto hizo que estallaran diferentes revueltas antisemitas a lo largo y ancho de la Península Ibérica.

Uno de los pogromo más conocidos fue el de Sevilla en 1391 que acabó con más de 4000 muertos y la persecución de miles de inocentes.

A mediados del siglo XIV vivían en Sevilla unas 7000 familias judías, odiadas por gran parte de la población fundamentalmente por motivos económicos. Eran culpados de todo lo imaginable y las predicaciones del arcediano de Écija Ferrán Martínez incendieron la situación. Este religioso arengaba y exhortaba a los sevillanos a la violencia antisemita al acusar a los judíos de

Matar a Dios y beberse nuestra sangre.

La caótica situación política del reino de Castilla con el vacío de poder en la minoría de Enrique III complicó aún más la situación al favorecer la anarquía y la inmunidad ante los delitos.

El primer ataque fue el 15 de Marzo, sofocado pronto, aunque el mayor comenzaría el 6 de Junio. Una población enfurecida liderada por el arcediano Martínez enarbolando un cruz atacó la Judería asesinando, quemando y saqueando. Entraron por las dos puertas del barrio, la de Mateos Gago y la de la Puerta de la Carne impidiendo la huída de sus habitantes. El pogromo duró un día entero y su balance fue aterrador: 4.000 muertos, mujeres y niños vendidos como esclavos a los musulmanes y otros que aceptaron la conversión al cristianismo como única manera de seguir vivos.

Tras estos sucesos la judería sevillana desapareció. Fue llamada Villa Nueva, sus sinagogas se convirtieron en iglesias: Santa Mª la Blanca, la Iglesia de Santa Cruz (hoy desaparecida),  el Convento de la Madre de Dios y la Iglesia de San Bartolomé.

Poco después los progroms se extendieron por diferentes ciudades españolas como Córdoba, Toledo o Barcelona, lo que terminaría con la desaparición de las juderías en el reino de Castilla. Además provocó una gran migración primero en dirección a Portugal y más tarde hacia el norte de África.