Siguiendo con las destructivas armas de la 1ª Guerra Mundial hoy nos detenemos en las armas de gran calibre o armas de artillería. Eran de tres tipos:

El primero es el cañón de tiro horizontal que, al tener un proyectil pesado, hacía que los  explosivos que los disparaban fueran muy potentes. El segundo es el obús que se disparaba en un ángulo amplio pero que tenían poco alcance. La fuerza para lanzarlos era menor por lo que los proyectiles podían tener paredes más finas y albergar una mayor carga explosiva lo que les permitía hacer más daño. El tercero era el mortero que era casi como un obus, aunque disparaban en gran ángulo lo que hacía que los proyectiles cayeran casi en vertical y con gran fuerza explosiva.

Entre los cañones destacó el alemán “Gran Berta” que se convertiría en una de las piezas de artillería de mayor calibre con unos proyectiles que podían llegar a pesar 1000 kilos. Estos cañones eran tan grandes que sólo podían transportarse desmontados y en tren. Cone ellos los alemanes barrieron las fortalezas permitiendo a su ejército invadir Bélgica.

Aunque de menor calibre que el Gran Berta la mayor innovación tecnológica en los cañones de asedio fue el ingenio alemán conocido como París, concebido para aterrorizar a los parisinos y forzarles a la rendición.

Su calibre era de 210 milímetros y contaba con un cañón de acero de 40 metros podía lanzar proyectiles a 16 kilómetros de altura desde una distancia de 120 kilómetros. Pero con ellos era complicado mantener un disparo constante, tenía que ser reemplazado continuamente y era imposible apuntar con precisión, lo que hizo que Alemania no pudiese mantener su coste en armas y recursos.

Sin embargo los morteros ligeros fueron muy efectivos en el frente. Consistían básicamente en un sólido tubo en el que se insertaba un proyectil y al estar apoyados contra el suelo no requerían ningún mecanismo para absorber el retroceso.

Lanzaban granadas explosivas, de gas, bengalas e incluso metralla que caían en vertical sin obstáculos en las trincheras enemigas. La clave estaba en que los morteros ligeros eran lo suficientemente pequeños para poder ser emplazados en las trincheras. Su alcance era corto (entre 500 y 800 metros) pero suficiente para llegar a las posiciones enemigas que no tenían más defensa que cavar un hoyo y esperar.

Combinado con la ametralladora el mortero ligero fue mortalmente efectivo.