Sabemos que en el siglo XVI no podemos hablar de medicina en el concepto actual de la palabra, pero algunas “terapias” eran tan brutales que podían llegar a ser mucho peor que la propia enfermedad.

En Francia fue famoso un cirujano que desempeñaba su trabajo durante el reinado de Francisco I, André Paré. Este personaje atendía a los soldados en las múltiples campañas en las que se embarcó el monarca, aunque sus métodos resultaban algo “llamativos”.

Batalla de Pavia

Seguidor de Galeno y formado con barberos, Paré era un amante de las sangrías a la hora de curar a sus enfermos, pero esta no era su táctica preferida. Cuando un soldado era herido por arma de fuego Paré defendía que la mejor manera de curarlo era abrirle la herida para verter en ella aceite hirviendo. Por si la solución no era suficiente cubría las heridas con emplastos para que así se formase la mayor cantidad de pus posible (se creía que al expulsarla el cuerpo sanaría).

Os podéis imaginar cómo eran los resultados de este tratamiento, pero todo cambió un día por pura casualidad. Un día Paré se quedó sin aceite y, a su pesar, tuvo que tratar a los últimos heridos sólo con apósitos. A la mañana siguiente en vez de encontrarlos muertos, como él esperaba, vio su mejoría respecto al resto de desafortunados que habían sido tratados con aceite.

Ahora que para tratamientos brutales estaba el empleado contra la sífilis: friegas de mercurio una o dos veces al día durante un mes. Los resultados eran devastadores (debilidad, inflamación, úlceras, encías tumefactas….), tanto que muchos preferían morir a sufrir este tratamiento con el cual sólo se salvaban 1 de 100 y eso con suerte.

sifilis

Vía: El Correo