Ya os hemos hablado de las armas de la 1ª Guerra Mundial en repetidas ocasiones. Nos hemos detenido en las más conocidas y en algunas realmente curiosas, pero hoy vamos a conocer mejor una de las armas estrellas de la contienda: la ametralladora.

Las armas en las trincheras eran fusiles, artillería y pequeñas bombas, pero sin duda la más efectiva fue la ametralladora. A pesar de lo realizado por James Puckle, el verdadero inventor de la ametralladora fue Hiram Maxim.

La Maxim fue la 1ª ametralladora automática propiamente dicha y la creó en 1885 después de que alguien le dijera

Si quieres hacer mucho dinero inventa algo que permita a los europeos matarse entre ellos con facilidad.

Siguiendo este consejo y tras su falta de éxito con el ejército estadounidense, vino a Europa y se la vendió practicamente a todos los Estados.

Esta ametralladora conseguía una gran velocidad de disparo utilizando el retroceso para meter la siguiente bala en la recámara.

También desarrolló otro medio de fuego rápido al recoger los gases expansivos expulsados y accionando un mecanismo que permitía el disparo de repetición.

Las mejores ametralladoras tenían un alcance de unos 4000 metros con precisión de tiro de 1000 metros disparando balas de fusil. Conseguían lanzar entre 400 y 500 balas por minuto y el hecho de contar con una funda llena de agua que les permitía refrigerar el cañón les permitía disparar una y otra vez sin cesar.

Casi tan importante como la velocidad de disparo era la capacidad de giro. Se colocaban en soportes especiales que permitían al artillero lanzar ráfagas en arco, así podían cubrir 500 metros de frente con una sola ametralladora.

Eran artilugios muy pesados con unos 25 kilos mas otros 35 del soporte. Por ello no eran armas portátiles, sino que estaban concebidas para ser colocada en las trincheras.

Eran unas auténticas máquinas de matar y jugaron un papel decisivo sobre todo en batallas como la del Somme. En su capacidad destructiva jugó un importante papel la ineptitud de algunos generales sobre todo británicos. Ante las ráfagas letales enviaban a sus hombres contra ellas por lo que eran barridos por el fuego y eso porque no se les ocurría otra cosa mejor.

Como muy bien señaló Winston Churchill

Había algo ilógico en intentar atacar a las ametralladoras con el pecho de los soldados.